112 Revista Actores / ADE: Defender la cultura y sus circunstancias

Se defiende lo que se ha conquistado y se combate por lo que se desea, a lo que se aspira. Es una máxima simple, no supone ningún descubrimiento en el estudio de la conducta o de la filosofía política, pero expresa claramente lo que los seres humanos hacen con mucha frecuencia aunque no sean conscientes de ello. Los axiomas no por evidentes tienen menor calado.
Viene a cuento lo que digo del debate de la cultura de antaño y de ahora, rabiosamente de ahora. Por un lado de su sentido, de su significado, de su importancia capital para la condición humana, la forja de la conciencia civil, la democracia, el progreso y el desarrollo social. Por otro de su construcción, su impulso, su organización, su promoción para lograr mantenerla, cuidarla, favorecer la investigación, la creatividad y su acceso a los segmentos más amplios de la sociedad.
Por supuesto que me estoy refiriendo a lo que comprende la suma de expresiones ligadas a la producción artística, en su noción más amplia. Es decir, aquello que comprende la salvaguarda y conservación del patrimonio, lo cual incluye edificios o conjuntos rurales o urbanos, desde las catedrales a los teatros, los museos, las bibliotecas, los archivos, etc. A la par, todo aquello que se define como artes plásticas, música, literatura, artes escénicas, cinematografía, artes decorativas y populares y artes de la restauración. Sé que hay acepciones muy diversas para el término cultura, pero me centro en la que en líneas generales pertenece a nuestra noción colectiva.
En el capítulo de la gobernación, ocuparse de estos menesteres pasa por el diseño de una política cultural que establezca los fundamentos en los que se sustenta. A partir de allí deben establecerse las pautas organizativas, administrativas y presupuestarias que diseñen vías de actuación para que lo proyectado se lleve a efecto. Sin una política cultural correctamente diseñada, no existen actuaciones culturales consecuentes, con objetivos a corto y medio plazo, con capacidad de insertarse en el tejido social para constituirse como tejido cultural. Sólo entonces los presupuestos de cultura dejan de ser beneficencia y se instituyen como necesidad y derecho.
Vuelvo al axioma inicial. Hemos carecido de una política cultural de Estado y las formaciones políticas tampoco la han elaborado hasta la fecha con criterios rigurosos, aunque sólo fuera como proposición que aguardara a su puesta en práctica cuando alcanzaran la gobernación. Aquí no hay nada que defender, sólo nos resta combatir para que esa política cultural se diseñe y algún día se instaure. Pero no es una cuestión retórica sino de urgente necesidad. Puede que comencemos a comprenderlo cada día con mayor urgencia.

Trivialización de la cultura

El modo de producción capitalista ha reducido siempre la cultura a simple mercancía, y ha intentado limitar sus funciones a las del entretenimiento, excusa para más altas misiones, el turismo por ejemplo, o coartada o boato de la clase dominante. Después se utilizó para el consumo masivo convertida en simple negocio bajo el epígrafe de industria cultural. La Escuela de Francfort, con Adorno, Horkheimer y otros al frente, analizó dicha problemática en términos contundentes, como mecanismo alienante que sólo busca la trivialización y el negocio. En suma: en su dimensión ideológica perversa y en su enfangamiento como mercancía.
Quizá la cuestión radique en que todos los procesos de producción de los hechos culturales dentro de la diversidad que hemos enunciado, precisan de una base material. Pero al mismo tiempo, su naturaleza en muchos casos les permite desarrollar aspectos críticos respecto al sistema. Igualmente que participando de las superestrucuturas ideológicas, poseen una notable conexión con el plano científico: de las ciencias humanas, claro, lo que coadyuva decisivamente a su condición ambigua y específica.
La asunción de estos planteamientos propicia, propició sería más correcto decir, hace mucho tiempo, los diseños políticos culturales tendentes a la paulatina eliminación de las imposiciones mercantiles sobre la cultura, incitándole a que se concentrara en la búsqueda de las calidades artísticas, la entidad de sus contenidos centrados en el progreso social y humano, así como en su valor en cuanto a su rentabilidad social, lo que exige consideraciones ante todo cualitativas más que cuantitativas. Dicha liberación es más asequible en aquellas formas culturales concentradas en la conservación patrimonial y en las que poseen procedimientos constructivos de raigambre artesanal, artes escénicas, música, en concreto. Las artes plásticas viven en este caso una evidente contradicción.
Es preciso subrayar que cuanto más se relaja la cultura a simple mercancía, más se ve disminuida en sus objetivos y responsabilidades, cayendo en la banalidad e incluso la estupidez. Evidentemente, lo cual es más grave, todo ello impregnado de las ideas de la clase dominante en los sistemas capitalistas. En ocasiones esta cuestión adquiere tonos de zafiedad evidente, pero no faltan casos en que se enmascara en formalizaciones estéticas que hacen menos diáfano lo que expresan, aunque lo que proponen o defienden es parejo. No obstante hay que señalar que la liberación del mercantilismo cultural no va acompañada de un cambio de tendencia, y son frecuentes las manifestaciones culturales que siguen impregnadas o son voceras de las ideas dominantes en el plano políticosocial.
Las políticas culturales coherentes y con fundamentos y objetivos han hecho posible la puesta en marcha de múltiples centros de creación y difusión, de planes de acción globales, de crecimiento de los públicos interesados. La estabilidad de los profesionales de la cultura que debe ser uno de sus objetivos, es consecuencia de una organización de la producción y del allegamiento de los recursos necesarios. Todo ello cobra mayor fuerza cuando es asumida como cuestión de Estado y se la preserva de los caprichos emanados de políticos versátiles, en ocasiones sin patria y sin conciencia.

¿Qué tenemos nosotros por lo tanto que defender?

Hemos carecido de política cultural y ahora pagamos las consecuencias más graves. Hemos creído que entre el aumento de los presupuestos, poner parches aquí y allá y darse algunos caprichos, construíamos algo en la cultura, aunque en realidad no era sino un edificio de tablas sin cimientos. Tampoco creábamos un verdadero tejido cultural, que nos es tan necesario y urgente.
Me conmueve la contundencia y la convicción que emana de las grandes manifestaciones de los enseñantes y los trabajadores del sistema de salud pública. La razón es muy simple: tienen algo que defender y luchan por ello. Los que acuden a las marchas han podido votar opciones diferentes o no hacerlo, pero les une a todos el mismo espíritu en defensa del bien social que constituye la educación o la sanidad públicas.
Las expresiones del mundo cultural en este terreno son muy diferentes. No tienen apenas cosas que defender. Nuestras iniciativas culturales públicas son muy selectivas. Tenemos museos excepcionales como el del Prado –que algún economista (?) neoliberal pidió que se privatizara-, grandes y pequeños archivos y bibliotecas, dependencias públicas como las Filmotecas, etc. Posiblemente muy pocos de los que allí trabajan participan de la defensa de la cultura. Nunca he tenido un cargo directivo en el teatro público y sin embargo lo he defendido con denuedo desde hace muchos años, mientras que muchos que disfrutaban de ellos como puesto o salario, jamás hacían nada en su defensa, como si no fuera su asunto. Tenemos edificios teatrales públicos pero la mayoría de ellos están cerrados, con actuaciones ocasionales y programaciones más que dudosas porque se encuentran sometidos a las horcas caudinas del mercado y a más cosas. En una palabra, no tenemos mucho que defender.
Defendemos la cultura en primer lugar como concepto, porque sabemos lo que representa para la vida social y para la existencia de un país, así como para la formación de la conciencia de sus ciudadanos. Pero lo que a nosotros toca es conseguir que se construya una cultura pública y no nos dejemos engañar por los que desde siempre han estado en su contra. No voy a hacer ahora casuística al respecto, pero sobran ejemplos, cuantiosos y esclarecedores, que muestran hasta qué punto ha habido gentes obsesionadas en que esto no fuera posible, poniendo por delante sus intereses inmediatos aunque fueran en detrimento del beneficio social y profesional. Y en esto tampoco han faltado los que poniendo cara de progresistas, han contribuido con uñas y dientes a que todo fuera igual en el terreno de la política de las artes. No debemos admitir que se aluda a los recursos, cuando hay países con economías de menos empaque que la nuestra que dedican recursos muy superiores a los de aquí en la promoción, práctica y difusión de la cultura. No para que existan intermediarios que hagan negocio, sino para crear cultura, conseguir estabilidad profesional y propiciar su difusión y expansión social.
La actitud combativa, luchar por algo que se aspira a conseguir, exige tener un proyecto coherente y un horizonte plausible, de no ser así todo queda en simple protesta, en ocasiones sin ton ni son, dominada por reivindicaciones circunstanciales y que en ocasiones no tiene mayor alcance que la protesta en sí misma. En el fondo nada se pone en causa, no existe ningún plan de construcción de algo diferente, se repiten expresiones cada vez más viciadas y vacías de contenido, se organizan alharacas que mucho tienen de festejo y de exhibición pero poco de actos fruto de convicciones profundas para alcanzar unos objetivos bien trazados.
Debemos tener la sinceridad de reconocer que se ha operado durante el periodo democrático con esta anomalía en el terreno cultural, porque sus agentes, y por ello entiendo a quienes trabajan en las artes plásticas, en el cine, en la música, en las artes escénicas, etc., no han exigido atención, respeto y soluciones reales; que no sean beneficencia ni caprichos, sino la instauración de sistemas productivos adecuados en el terreno cultural. La sociedad española en su conjunto, no hablo de las minorías que merecen encomio, no ha reclamado tampoco una cultura desarrollada porque su techo es muy bajo en la aspiración y sus necesidades escasas. No recuerdo quien dijo que en España hemos pasado de la sociedad sin libros a la sociedad de la televisión, ¡y qué televisión! Así estamos. Las formaciones políticas tenían la obligación de elaborar políticas culturales pertinentes y no lo han hecho. Algunos no lo harán nunca porque su programa secreto es que haya entretenimiento, o lo que ellos llaman así, y no cultura. Abominan de la cultura y tienen pavor a un pueblo culto que no se humille, que no se atemorice y que se arme de razones. Otros tienen la obligación histórica ineludible de hacerlo, si no quieren faltar gravemente a los fundamentos que dicen defender.
Las cosas no se consiguen de la noche a la mañana pero hay que trabajar para que lo sean lo antes posible. Hay que trabajar sabiendo hacia donde vamos y hacerlo con sabiduría y tenacidad. No es cuestión de refugiarse en mucho asambleísmo o de darse cariño y calor, sino de elaborar un proyecto consecuente y establecer plazos para su paulatino desarrollo y puesta en pie. Para eso es preciso mucha sabiduría e insobornable tenacidad. Nosotros desde la ADE quisimos en su día aportar algo específico a la cuestión con nuestro “Proyecto de Ley de Teatro”. Era sólo el inicio de un camino que debía ensancharse, quizás agrupar a todas las artes escénicas, y todavía quedarían otros segmentos que atender. Ahí está y quizás un día se aproveche.
Aviso: escribiré más sobre todo esto porque aquello que nos urge precisa de larga reflexión.

Juan Antonio Hormigón

Revista ADE-Teatro nº 149, Enero-marzo 2014

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